Dioses de ayer y hoy
- Miguel Gylmar Meza Aguilar
- 22 ago 2022
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 6 nov 2023
A propósito del Straming y la Religión.

-Si es real en tu mente es real en el mundo-
Ian McShane como Wednesday
La industria de la televisión se enfrenta a nuevos paradigmas, por un lado la concepción del formato múltiple (chico o grande, dependiendo si la veas en el cine o por streaming), por otro el lenguaje cinematelevisivo (la hibridación de las pelis con las series) y, la constitución dramática misma de los episodios de una serie–dónde es más evidente esta dicotomía entre el pasado de la T.V. y el hoy es en el caso de los pilotos y finales de temporada, donde ya no buscan enganchar al espectador o dar cierre a una historia-. Lo que me hace recordar (hace cuestión de nada), acaban de cancelar una de las mejores series de la era moderna: hablo de American gods, una auténtica bomba visual. Cojonuda y necesaria. Lo que me hace preguntar... qué es lo una serie (en 2022) debe tener para resonar en la crítica, como en el público y los productores por igual? –como en los casos de Kobra kai, Gambit’s Lady o Arcane-. En palabras más simples, qué es lo que hace a una serie digna de ser maratoneable? Fundamentalmente dos cosas: la primera es tener un plan o guión, arco argumental definido; y segunda, no hacer esperar mucho a tu audiencia para que algo suceda: un giro de tuerca o cosas de esa onda.
En estricta tradición televisiva, cada capítulo bebería concluir con algo que te mantenga viendo la serie (valga la contradicción), y cada episodio debe tener un título enganchante sí o sí. Las telenovelas y las miniseries se ajustan a este principio y por eso su simpleza es genial. Efectiva. Se puede claro (como serie) no seguir esta regla, con riesgo a ser cancelada de un día para otro por falta de rating. La cuestión aquí, con American gods, es que se toma mucho tiempo para decir algo que se podría en menos; cada episodio es precioso, sus pasajes (y paisajes) son excelsos, colorimetría impecable y, sus analogías son chingonamente contemporáneas pero, su narrativa y por ende el público al que apela es ambiguo, y tres temporadas son suficientes para poner en la cúspide una trama e incluso una sola (temporada), sustancial y compacta, habría sido magnífica -ya que también hay un gran mérito en simplificar una obra compleja y colosal-, sin renunciar a la fervosidad que mucha gente siente a Neil Gaiman, autor de esta locochona historia llena de poesía de la autopista y del desierto. La serie logra, aún con su extensión, un estupendo trabajo alegórico, casi pictórico. Al plantearnos una Norteamérica sigloveinteañera en paralelo, a los grandes imperios del pasado y a las tribus milenarias llenas de significado; es decir, la cultura popular gringa (y sajona) como un reflejo del valor folklórico de los pueblos anteriores a esta. Lou Reed como una especie de Beowulf o, los conciertos de Death metal (así como el actual furor republicano) en empalme, con los viejos ritos de las culturas impetuosas y devotas de los dioses de la Guerra y la Fertilidad, como la nuestra en pleno desenvolvimiento, de vínculos digitales. Habla esta propuesta, de cómo los valores fundacionales, o dioses, migran y mutan constantemente con nosotr@s, a través del globo y de los siglos; se plantea, un darwinismo espiritual (y religioso) en un mundo "ateo", al afrontarnos con las modernas formas de adoración y celebración en correspondencia, con nuestras vidas como individuos. Obra fundamental para la televisión del siglo XXI.




Comentarios